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Tuesday, February 01, 2005
quenoquenoquenó

Ya me lo digo yo mismo y me lo corrobora mi profesionalizada auscultadora de psiques (que vive en la ciudad de I., alias Cat Stevens, alias the man with a word): hay un ritmo para cada persona y cada persona lleva su ritmo. Yo, soy de noche. Lo sé desde hace tiempo. Y no por lo afilado de mis caninos, ni por mi blanquísima dermis (me inspiré en la nieve en polvo). Lo llevo dentro, como el tiempo la casualidad y lo bello lo horripilante. Produzco más, soy más feliz, amo con más fuerza, siento con todo y más. Mira que tener que venir al culo del mundo para darme cuenta de que.
Qué coño me importa a mí que a la constancia se la considere virtud suprema. Es azul. Y mi corazón es rojo. Y mis pensamientos de varios colores. Y mis noches son negras, son los peces abisales de la cotidianidad digo la norma. De pequeño me daba miedo pasear por ciudades desiertas, no oir los latidos de los corazones tan cercanos tan lejanos. Ahora todo es distinto, nunca tuvo un enero tanta noche.
No sé ser constante. No quiero aprender.
Pobre PGH, que no podrá conocer la noche verdadera. La noche plana, sin aristas, sin runrún. La constancia se ha llevado por delante nuestra estación soñada, la han estrangulado ellos. Pobre yo, que no podré ayudarme de sus dedos para hacerle señales de humo al caos, para que venga, y nos lleve y nos hunda en la fosa oscura. Tan tibia. Y más con él.
Si me peta un día de estos os cuento del último bucle. Es bien gordo.
10 horas de curro y subiendo...

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tenemos ya (5)

Sunday, December 12, 2004
deadlines

Faltan diez días para un par de acontecimientos importantes. Para volver a España a pasar las fiestas (cuánto de patraña encierra este concepto habitualmente, y más este año...) y para mudarme. Lo uno me trae ilusión y escepticismo a partes iguales. Pero me muero de ganas. Aquí todo está helado y oscuro, aunque los oasis empiezan a fraguar, y alumbran cada vez con más fuerza. Lo otro también me estimula. Atrás quedará mi rinconcito en la Lodewijkstraat, con sus trenes que llegan y que sólo traquetean por las mañanas, sus atardeceres de luz metálica, sus paredes blancas y sus ventanas desnudas. Quedarán atrás tantas cosas, tantos momentos... este sitio nunca ha sido totalmente mío, después de todo. Aunque yo, animista empedernido, no pueda evitar haberle cogido cariño. Ahora es el momento de sacar fotos mentalmente (no volveré de Madrid sin una cámara esta vez) y acumular material para soñar con él de vez en cuando. Mi subconsciente ama los lugares donde se habita.
También tengo pendiente una presentación, la entrega de un trabajo colectivo (tengo que acordarme de hablar sobre mi compañera de curso, la que he dado en llamar la esposa perfecta, pobre, lo que ha tenido que aguantar) y una revisión de mi primer draft paper, todo para la semana que viene. Creo que lo conseguiré, porque a fuerza de yerba mate y de horas de madrugada consigo sustituir una rutina ordenada por un tremendo caos, creativo, eso sí. Espasmódico, estertóreo, visceral. Pero produzco. Y eso es un avance.
Hoy he visto 'Diarios de motocicleta'. Por encima de todo, me ha parecido un canto precioso a la amistad, al conocimiento personal a través de la curiosidad, al despertar de la conciencia. Se descubren cosas cuando se busca algo, cuando uno se mueve, y no espera que la vida venga y le alumbre el camino. Y muchas veces se encuentra algo que no se busca en un principio. Y casi siempre, uno se descubre a uno mismo. La condición necesaria es que uno ha de estar en movimiento. Me ha hecho recordar el significado de la palabra camaradería. Ha sacudido mi capacidad de asombro. Ha sido un pequeño rayo de luz arrojado de golpe en una habitación oscura. El protagonista dicen que era el Che, pero podía haber sido cualquier otro. Aunque, en homenaje al mito-persona, como dice mi compañero T., hay que creerse que el Che cruzó a nado el Amazonas, de noche, sólo por celebrar con los leprosos agudos su 24 cumpleaños. Yo también me lo creo.
El año que viene es más año que viene que cualquier otro año que viene. Y si no, el tiempo.

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tenemos ya (1)

Thursday, December 02, 2004
shoegazing pop

Ayer fui al Vera, a ver un concierto de un grupo escocés llamado The Delgados (sí, hay alguna relación con Perico, pero no sé muy bien cuál). Pop isleño, sin pretensiones, músicos de buen rollo, levedad. Después de cada canción, una sonrisa de parte del bajista y de la cantante/guitarrista (casi se echa a llorar cuando uno del público le pidió la púa... más majos que las pesetas de antes).
¿Conocéis a Yo la Tengo? Pues ese rollo. Están en el escenario como podrían estar entre el público, contigo, escuchando el concierto. Cuando encuentro grupos así, me dan ganas de mover la cabeza para los lados y descruzar los brazos. Me siento como en el salón de casa.
Y no sé por qué, esta mañana me he levantado con unas ganas horribles de escuchar a Lush. Y ya yo sé cómo me pongo cuando escucho a Lush.



Su música son guitarras, voces de chica, ritmos binarios, muros de sonido, flanger, acordes menores a ratos... sin pretensiones. Pero tienen (tenían) algo. Un punto de melancolía, de pasado devuelto al presente, de realidad de contornos difusos, de magdalena de Proust. No sé muy bien cómo explicarlo. Si pudiese hacerme una radiografía del pecho a veces...
¿Hablaba de loops hace poco? Ayer, leyendo 'Heart of a Dog' de Mikhail Bulgakov, me llamó la atención la expresión "...sink my teeth into your calloused proletarian foot!". La canción que DEBÍA escuchar esta mañana (Undertow) dice: "Sink my hands into the sea". Nunca había visto esa expresión. Acto reflejo: sonrisa en la cara. Me gustan estos pequeños trazos de color que destilan las cosas a veces.
Y ya en el ámbito de las casualidades (esta vez sí), contaré que la guitarrista de Lush montó una banda nueva en el 98 (Sing-sing). El tío que remezcló los tres primeros temas para el primer EP tiene como apelativo artístico... Locust, y además apellido holandés (van Hoen).
A falta de ganas de producir, bueno es el daydreaming.


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cuenta, cuenta...

Tuesday, November 30, 2004
embrujo

El viernes, el sábado y quizá el domingo hubo luna llena. Y si no la hubo los tres días, hubo una gordísima que embrujó más tiempo y con más magia de lo que es normal. Si no, no me explico todo lo que ha pasado en tan poco tiempo.



La diosa, la que vi de noche, bajo la luna, es la de abajo.
Con un poco de suerte, me convenceré de que no ha sido uno de tantos sueños. Que no soñé su olor dulce, su pelo recogido y luego suelto, el tacto tibio de su piel. Es suave y tierna y leve, y le gustan las castañas.

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cuenta, cuenta...

Thursday, November 25, 2004
miscelanea nederlandica

En los Países Bajos la gente come entre las 12 y la 1 del mediodía. El menú, en un noventaymuchos por ciento de los casos, consiste en un par de sándwiches que llevan queso. O una croqueta, u otro tipo de fritura (soufflé de queso, por ejemplo). O una sopa (estos dos últimos ítems, los más sofisticados). ¿Por qué lo hacen así? Ayer un holandés que no parece holandés me contó que, desde el instituto, como es muy incómodo llevarte comida caliente y en el colegio no te la dan (me descojono de los apologetas del Estado de Bienestar allende los Pirineos), pues te acostumbras a comer sándwiches. Absurdo. Luego, a las seis o por ahí, cenan caliente (dicen). Ayer probé por primera vez un plato típico de pobre, que solían comer los campesinos un par de veces o tres a la semana: stamppot, o sea, repollo agrio cocido y machacado, acompañado de papa también cocida y machacada y una salsa como de levadura (como el marmite, pero líquido). No estaba mal, aunque a mí lo que me encanta de la gastronomía neerlandesa es la sopa de mostaza (con trozos de bacon y queso fundido), y el arenque crudo con cebolla, y el karnemelk (leche agria densa... im-pre-sio-nan-te). Para de contar. Y bueno, como los pobres pasan más hambre que pa qué, se hinchan de chuches y de papafritas y de galletas y de más queso antes de irse a la cama. Y luego son todos de metrochenta para arriba... misterios nutricionales.
Por cierto, que el otro día me echaron la bronca por utilizar un microondas que NO me correspondía utilizar porque yo trabajo en otro piso y, consecuentemente, en otra facultad. Un microondas que, estoy convencido, no usa ni el Tato a la hora de comer, porque todo Cristo se trae sus sándwiches de casa. Se me ocurre aplicar el concepto de bien público de uso privado. Cuando ese bien consumido por un individuo que a la sazón es un free rider (debo ser de esos), o sea que no paga por su uso en relación a otros que sí pagan, se originan ineficiencias sólo si el uso por un consumidor marginal produce un aumento del coste marginal de la provisión del bien. O sea, que si yo lo uso y no pago por el uso y el bien se gasta (una comida caliente de dos platos en un comedor público de escuela primaria, pongamos por caso), salen perjudicados toooodos los demás. Si el bien NO SE GASTA porque yo lo use (ejemplo recoleto: un microondas en la puta facultad de económicas de la Universidad de Groningen), NADIE sale perjudicado, y yo salgo beneficiado, con lo que en conjunto, todos estamos mejor (y se alcanza lo que se ha dado en llamar un óptimo de Pareto). Bueno, pues esta buena señora no tenía ni puta idea de lo que el óptimo de Pareto podía hacer por su vida, y sólo tenía ganas de que nadie más que los de su pasillo usase su microondas. Con lo cual, me tengo que mimetizar y traerme los sándwiches todos los días o comer frío (o comprarme un microondas, pero yo es que aquí estoy hablando de principios: el mercado no soluciona todos los problemas del ser humano). Se me presentó como evidente lo que muchos antes me hicieron notar y yo nunca quise ver: el lado ruín, mezquino, tacaño y egoísta de algunos habitantes de este país (o de todos, pero en diferentes grados). Y no me atrevo a decir xenófobo porque no recuerdo si conversé en holandés o en inglés (bueno, como si no se me notase que no soy de aquí cuando hablo).
Aunque hablando de xenofobia, os planteo una adivinanza: ¿en qué facultad de economía de una pequeña ciudad del norte de Holanda desempeñó funciones docentes el ínclito Pim Fortuyn antes de convertirse en un fenómeno social democrático (validado póstumamente, eso sí), partidario de cerrar las fronteras y de eliminar todo lo musulmán de la sociedad holandesa? Pues sí, en la de Groningen. "Yo no odio a los musulmanes. Yo me acuesto con ellos", decía...

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Wednesday, November 24, 2004
loops

Las cosas suceden. Los hechos se relacionan entre sí cuando suceden, o no lo hacen en absoluto. Cuando ocurre que se juntan uno o dos hechos en un periodo corto de tiempo (considerado subjetivamente, claro), o que guardan algún tipo de relación, en la cabeza de uno pueden pasar varias cosas. Una, se piensa que es una casualidad, y no se le da importancia. Dos, se cree estar de bruces frente a una porción de lo absoluto, y se piensa en Dios (que no es mi caso). Tres, sin otorgarle más trascendencia que la estrictamente relacionada con su carácter de milagro (y cuántos de esos ocurren delante de nuestras narices todos los días, sin darnos ni cuenta), uno se maravilla de lo caprichosa que es la vida al manifestarse. Cuatro, se asocia esa relación con algo sustantivo, personal, subjetivo y, por ello, relevante. Y entonces, parece que todo tiene algo más de sentido.
Se juntan caminos. Se cierran anillos que uno no se imaginaba que se hubiesen abierto. Los hechos dicen cosas. Y hay demasiadas señales por ahí fuera como para no hacerles caso, como para seguir pensando en la omnipotente supremacía del sujeto y del poder de la psique para determinar el destino propio. Yo creo que ya no estoy en esas. La corriente es demasiado fuerte.
Y esto viene al caso porque no ha sido una, señora, sino DOS cuestiones de éstas las que se me han aparecido hoy. Por un lado, una tremendamente gorda relacionada con lo profesional/intelectual, que os contaré otro día, porque ahora me va a salir el autobús.
La otra (qué puta casualidad) está relacionada con la anterior, en virtud de la poderosa que es la curiosidad a veces y de lo enooooorme que es la biblioteca de la universidad de Groningen.
En esto que me puse a buscar hace cuatro días cuántos de mis profesores de mi universidad autónoma tenían publicaciones en el catálogo de la universidad groningana (no me preguntéis por qué me dió por ahí). Varios de los más lúcidos, críticos, luminosos, brillantes profesores que se me han cruzado no aparecían ni por asomo. Con lo cual me pasé al ámbito de los prestigiosos, considerados, reconocidos, con puesto en la administración del régimen anterior incluso (¡coño! me olvidé de buscar a Tamames... hum). Hablo, of course, de los tecnócratas, supuestamente neutros en lo ideológico, predicadores de las bondades de la economía de mercado y con tufo a demócratas de toda la vida. Y tecleé Barea (el viejo profesor, creo que lo llamaba Aznar). Ni rastro, pero ¡oh, sorpresa! me encontré con un libro de cuentos de Arturo Barea.
Y el primer cuento que ojeé (XI, 'las manos'), habla de la llegada de un grupo de prisioneros fascistas de la batalla de Brunete a Madrid. Y dice (por ahí, en medio):
'Rodeaba la gente los coches y los miraba como a bichos raros. Se preguntaban unos a otros los transeúntes: ¿Son éstos los que iban a conquistar Madrid?
Se reían y lanzaban al grupo de hombres temerosos pullas sangrientas. Los prisioneros callaban. Podía en ellos el miedo de verse linchados por la multitud. ¡Les habían contado tantas cosas! Pero, dentro de la actitud del insulto, el madrileño prendía aquí y allá la chispa del diálogo. Un prisionero audaz pidió un pitillo. Entonces surgieron los pitillos tan escasos en Madrid y treparon por todos los lados del camión. Se había roto el hielo.'
No ví el documental que describe Locusta, pero me acordé de lo que ella contaba. Y como decía un buen compañero de reivindicación, si hay algo que no se les puede perdonar a los fascistas es, precisamente, el haber eliminado, a sangre y fuego, la posibilidad de otra España. El haber reintroducido el adocenamiento, el odio, la sumisión, los dogmas, el oscurantismo. El haber retirado el status de ser humano al adversario político, al enemigo incluso, que en el fondo era el hermano. El haberle negado el pitillo al vencido, al humillado, al exiliado. El haberle desaparecido.
Por lo que yo tengo entendido, los prisioneros del bando republicano, o se iban a la cuneta, o se iban a Cáceres a lavar sus pecados, o a algún otro sitio que nunca conoceremos porque, oficialmente, nunca existió. Y sí, idealizo la España republicana (incluso en tiempos de guerra, y de ahí el fragmento) porque me da la gana, porque los inicios de una nueva forma de organización social, sobre todo si plantea una ruptura radical, de principios y valores con un estado anterior de las cosas, no es fácil. E idealizo también porque había de dónde agarrar, porque estoy convencido de que las cosas iban a ser muy diferentes de lo que llevaban siendo unos cuantos siglos atrás. Y por eso la purga fue a conciencia.
Y así, crearon las condiciones para que la modernidad entrase en este país por la puerta de atrás. A través del filtro de SUS valores. Una modernidad desarrollista, orientada a fines, creada expresamente como antítesis de un orden en el que imperasen la razón, el conocimiento, la libertad, la solidaridad, la dignidad...
Cada vez que pensemos en lo que quisimos y no nos dejaron ser, y lo proyectemos en el futuro, estaremos construyendo un monumento a la memoria. Y estaremos reivindicando la victoria que, legítimamente, nos pertenece.




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cuenta, cuenta...

Thursday, November 18, 2004
la vida (moderna) es sueño

A veces sueño y recuerdo que sueño varias cosas en una sola noche. Será por esa costumbre mía inveterada de percutir el botón del alarm clock varias veces antes de que me dé la gana levantarme. Con el paso del tiempo, he perfeccionado la técnica de quedarme dormido en medio de dos avisos, y he terminado por creerme que sí, que en el plazo de dos minutos tienes sueños que parece que duran horas. Demostrado empíricamente. A mí me pasa.
Antes de pasar al asunto que quiero contar, me acabo de acordar de que hace no mucho me hablaron de un despertador que, cuando avisa, ¡EXPLOTA! Sí, sí, coge, peta, se desmembra y mientras tanto emite un sonido infernal. Y no deja de sonar hasta que lo ensamblas de nuevo. Me entusiasmé con la idea (bueno, más bien fue mi superyó el que se entusiasmó, ya hablé de él el otro día), pensé que la tecnología, de nuevo, está aquí para ayudarnos, para hacernos la vida más fácil, para ofrecernos una senda conductual que nos haga más felices y más productivos y mejores aprovechadores de nuestro tiempo. Mentira. Nada me impide que, una vez ensamblado, aún estando a diez metros de mi oreja, yo coja y decida porque sí volver a meterme en el sobre. Y lo digo por experiencia. Y estoy convencido de que, en el plazo de dos minutos, me volvería a dormir, y volvería a soñar. Como esta noche.
La racionalidad técnico-científica ha pervertido muchas cosas. O las ha deformado, o las ha anulado, que lo mismo me da. Teniendo máquinas no necesitamos el debate, ni la reflexión, ni siquiera tenemos que cuestionarnos si realmente necesitamos esas máquinas. Y eso es lo realmente prodigioso: las máquinas que suponemos creadas para satisfacer una necesidad (inocentes consumidores posmodernos) en realidad nos la crean, con lo que sí, tenían razón los neoliberales, la ley de Say (toda oferta crea su propia demanda) puede llegar a cumplirse. A la ley de Say se la combate, simplemente, planteándote si lo que necesitas es un puto despertador que explote o el convencerte a tí mismo de que, una vez siendo irrenunciable que debas levantarte pronto, es bueno para tí que lo hagas. Lo otro supone la rendición del yo (¿de cuál de ellos, os preguntaréis?), la aceptación de un límite que, por un lado, no tiene por qué ser real, y por otro, ningún cachivache de diseño nos va a ayudar a superar.
Lo otro es recurrir a la superstición y/o al mundo de lo mágico, que no es lo mismo. Y miren ustedes, casi me resulta preferible al rollo consumerista acrítico (con mesura, ¿eh?). Yo, lo que decidí es que la cama estaba mal orientada. No, no era cuestión del Feng Shui de mi cuarto (Locusta, que te veo venir). Recordé que, durante toda mi vida, me he estado levantando por el lado izquierdo de mi cuerpo. Durmiendo solo y acompañado. Por supuesto que no ha ayudado a levantarme antes, pero sí duermo mejor, y no sé si tiene mucho sentido preguntarse por qué...
Hoy, además, he soñado que, al levantarme a las 10:30 de la mañana, era de noche. Los relojes estaban en hora (lo comprobé hasta en el teletexto, recuerdo), seguía viviendo en mi casita de dos plantas en el vértice nororiental de los Países Bajos, mi salón estaba como siempre... pero era de noche. Supongo que es interpretable, y de muchas maneras quizá (¿algún psicoanal de guardia, plis?). A mí me dio primero la sensación de: llego tarde a algo, y luego: qué guay que sea de noche tan pronto, porque yo soy más productivo de noche. Pero no. Algo no encajaba. Y, por supuesto, al volver a abrir el ojo, salté de la cama como un resorte. Bastante cancha se le da a la grandísima puta que es la culpa como para que encima invada también el subconsciente, hasta ahí podíamos llegar...
Necesito producir, así que os dejo. Por cierto, Chet Baker canta bello.

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Tuesday, November 16, 2004
rosa de jericó

¡Huy! pero bueno, cómo está esto... manga por hombro. Me siento paciente de hospital regresado a casa.
Será porque he cumplido mi segundo deadline en dos días (beso pa mí, beso pa mí en el otro lao), y el vacío de la desocupación deja el campo expedito al entusiasmo (y los planes, y los proyectos, y... y... y...). O porque el invierno me da buen rollo. O porque mis mentores tienen su blogs bien nutriditos y me da envidia.
Las flores de un día también son bellas. Y también pueden ser polinizadas. Hacer cosas porque sí no es malo, sino todo lo contrario: lo nocivo es creerte que vas a seguir haciéndolas sin interrupción, independientemente de tu estado de ánimo o tus circunstancias. Y luego sentirte mal por no hacerlo.
Hay que acabar con el superyo. O caparlo. O negociar con él. La ventaja de la parte que hacemos nosotros es que sabemos sus puntos débiles, aunque sea el más puto de los dos...
¡Je! Esto me recuerda el consejo que me dio Locus: léete Damien. Y me lo leí, y lo flipé. Y ahora mientras me pongo el mandilón y empiezo a desescombrar, me pregunto: ¿cuántos superyos (mal)conviven dentro nuestro?
cof, cof, cof...
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Monday, June 21, 2004
el sumidero

Cómo pasa el tiempo. Y cómo devora la rutina, sobre todo si es alterada (quiero decir, no existe rutina cuando hay sobreocupación, aunque ésta se nutra de multitud de tareas rutinarias). Y además, que no para de llover, y que cuanto más tarde se levanta uno más tarde se tiene que volver a la cama, porque hay que producir...
Han pasado muchas cosas en estos diez días, algunas sorprendentes, inefables, inesperadas... y creo que aún las tengo bien frescas en mi retina y en mi corteza como para contarlas así, de repente, con lo populosa que está la rutina ahora mismo.
Sólo me queda el consuelo de que, de aquí a tres días (tres), a estas horas estaré en Viena, probablemente esperando que Dave venga a buscarme a la estación de autobús, previo paso por Bruselas (Easyjet es implacable). Me espera una boda de un violinista con una princesa nórdica. Suena a cuento de Hans Christian o de los Grimm Bros. Y todavía no tengo traje, siquiera.
Y es ahora cuando empiezo a tener la sensación de ser un pelo en el lavabo, o cualquier otro objeto de masa relativamente ridícula en relación al volumen de fluido, y de que ya hace una semana o por ahí que han quitado el tapón del fondo. Poco a poco, al principio, sientes el remolino arrastrarte, arrojarte, obligarte a recorrer el intervalo de curvas tridimensional. Cada vez más rápido, cada vez más violento. Zozobra, pérdida del sentido de la realidad, todos los factores son variables en el corto plazo, que diría el economista. Hasta que llegas al aeropuerto, que es lo más parecido a un desagüe, y sientes como si atravesaras la puerta de la percepción, el agujero negro. Y plof! aterrizas en un sitio nuevo, rodeado de gente de colores diferentes, surcado el escenario de palabras en un idioma diferente. Y la blancura del lavabo desaparece, no se queda fijada en la memoria ni cinco minutos. Los sentidos están abrumados, no pueden con tanto estímulo. Y uno se ve obligado a mirar, a sentir, a pensar de forma diferente.
Ese es el consuelo que me queda...

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Friday, June 11, 2004
la metáfora de la semana



Acabo de hablar con mi amigo Joeri (pronúnciese Yuri: quien esté interesad@, podrá recibir un sucinto cursillo de pronunciación neerlandesa este verano...).
Es un chico muy majo, entregado y noble. Últimamente hablo mucho con él, pasamos por una situación vital parecida (aunque sólo de lejos), y hemos conectado definitivamente. Entiendo lo que me dice, y muchas veces comparto lo que siente.
Bien. Hace un rato, hablábamos del miedo a la soledad, de la inseguridad, de la angustia de sentirse rechazado por otras personas (en todo tipo de relaciones). De repente, se le ocurre comparar la vida de uno con una cesta, en la que cuidadosamente vamos colocando, cual frutero dedicado, las piezas que componen nuestro yo: nuestros intereses, gustos, aficiones, anhelos, esperanzas, sueños, incluso sentimientos, emociones y demás. Es lo que compartimos con la gente. Es la parte de nosotros que, desde un punto de vista narciso/exhibicionista, ofrecemos a la gente con que nos relacionamos. Aceptamos, además, que los demás disponen de otras tantas cestas que llaman nuestra atención, por su contenido, su presencia o todo junto. Depende de lo que a uno le interese en la vida, supongo.
La pregunta, enunciada con un atisbo de vértigo, fue: ¿la gente se interesaría por mí si mi cesta estuviese vacía? Es decir, ¿tengo valor por mí mismo? Me quedé sin habla por unos segundos...
Y entonces llegué a la conclusión de que, en lo que a mí respecta, la manera de componer esa cesta ha sufrido varias transformaciones a lo largo del tiempo. Siempre he tenido la sospecha de que, en alguna ocasión, y con algún tema en concreto, me interesaba mucho poder ser capaz de mostrar. Es decir, como si los objetos de mi cesta estuviesen inflados, abrillantados con cera o, directamente, hechos de cartón-piedra. Muy aparentes, muy atractivos, pero falsos, o cuanto menos, inflamados.
Cuando fui consciente de este hecho, intenté cambiarlo, y solía pensar que tuve éxito. Sigo teniendo (como mucha gente, quizá como tú también, abnegad@ lector@) mi lado fake, mi impostura inevitable, ese poner el perfil bueno cuando sabes que te van a sacar una foto. Pero he sentido la inmensidad de una mirada, me he emocionado con la pasión ajena, he sentido descubrir el Océano Pacífico oteando el alma de otros... he podido enterrar mis manos en esencia. Y me he sentido cómodo permitiendo el acceso a partes recónditas de mí mismo, como el bibliotecario que transige en que el investigador devore los incunables más valiosos del fondo. Es una sensación que, en mi caso, me ha hecho desertar de la intención de deslumbrar. El mejor remedio contra la soberbia.
Y aún diría más: hay gente a la que no se la das con queso. Hay gente que, como la abuela de tod@s, amasa los objetos, los sopesa, los evalúa con sus manos arrugadas y sus ojillos frágiles, sólo que, en vez de soltarle cuatro frescas al frutero desprevenido, da media vuelta y se aleja. No sabe lo que se pierde, nos sisea al oído el guardián de nuestro orgullo, nuestro ego prepotente. Y uno le escucha y asiente, con una basurilla en el fondo del ánimo porque sabemos, sé, que nuestros pétalos de colores no han podido atrapar esta vez a la presa deseada. Porque en el fondo esos son los que ceden ante la parafernalia, son alimento para nuestro ego, y en vez de alimentarnos lo único que consiguen es contribuir un poco más a nuestra lenta y mil veces negada destrucción. Una cesta hinchada y ligera es síntoma de dolor al intentar soportarnos la mirada en un espejo.
Es un propósito. Tener una cesta, sí. Pero que podamos mirarla sin mirar de reojo, buscando la aprobación tácita de alguien más. Todo lo bonita que uno quiera. Que pese, que cueste sacarla de la alacena. Que cada una de las cosas que hayan sido colocadas dentro estén ahí porque no puede haber otro sitio para ellas, ni otra cosa en su lugar. Que sobre sitio si hace falta. Siempre podremos hallar el huequecito para introducir otra cosa más, porque la pasión es un gas que diluye la forma y la medida de las cosas. Malo si podemos blandir la cesta como una espada, o hacer equilibrios ante las narices de la audiencia hipnotizada, como con una bandeja vacía. Las abuelas de ojillos frágiles, de determinación casi divina, querrán saber. Y si quieren saber, y uno quieren que sepan, tendrán que ayudarnos a sacar la cesta de la alacena, porque pesa. Y quizá no les guste lo que vean o toquen, pero eso sí que será problema suyo. Las manos ajenas no abrillantan nuestros tesoros.
Y, por cierto, la respuesta es sí. No, pero sí. Nunca una cesta estará totalmente vacía, eso para empezar. Pero además, las abuelas saben mucho de ingeniería, y han vivido mucho, y saben qué materiales son buenos para hacer una cesta, aunque no luzcan, y cuánto tarda en repararse una cesta rota. A veces, ellas mismas se ponen a la tarea. Porque saben lo jodido que es no poder tenerlo todo bien recogidito, guardado en la alacena. Y nunca te lo dirán, ni tejerán ellas mismas el buraco. Ellas sólo te miran, y te cuentan historias, y escuchan y asienten.
Las cestas de las abuelas...

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tenemos ya (3)

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